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Luis Miguel Villar Angulo

VALORACIONES DE LOS PROFESORES UNIVERSITARIOS

Oscar Muñoz

Oscar Muñoz se autorretrata en un video

Oscar Muñoz

El espectador percibe la fugacidad de la identidad

VALORACIONES DE LOS PROFESORES UNIVERSITARIOS.

Semejantes a las evaluaciones de los estudiantes, coexisten en las aulas presenciales y virtuales, en las tutorías y los laboratorios, y en las conferencias y congresos, las valoraciones de los profesores universitarios.

En las enseñanzas en aulas presenciales y virtuales de tamaños desiguales, con una población predominantemente femenina según las titulaciones, a mitad de curso, cuando conviene a la administración universitaria, se rellenan cuestionarios, escalas, encuestas de todo tipo para las valoraciones de los profesores universitarios.

El edificio universitario, entre sus muros de responsabilidad social y eficacia académica, reúne tantas respuestas evaluativas de estudiantes cuantos alumnos demandan probidad institucional por medio de las valoraciones de los profesores universitarios.

Las valoraciones de los profesores universitarios constituyen un proceso muy subjetivo. Diríase que se cuentan los usos y productos flotantes de los instrumentos de evaluación del profesorado; se relata el farragoso cálculo de las medias de los ítems de la valoración por los estudiantes para los informes de los rectorados; se traban índices numéricos sobre las peculiaridades constitucionales de la identidad profesional docente; se registran las competencias curriculares desarrolladas en una materia y otras cantidades técnicas de la iconografía que retrata a un profesor, pero el juicio subjetivo del evaluador y el diseño que hace de la encuesta juegan un gran papel en el proceso valorativo.

Abarcando con la vista la inmensa arteria literaria de las valoraciones de los profesores universitarios en su energía docente continua, llego a leer artículos científicos y noticias de prensa sobre la evaluación del profesorado distinto del universitario que aumentan la ansiedad investigadora sobre esta temática.

Reinan en las investigaciones educativas de las valoraciones de los profesores universitarios objetivos que discurren en todas las direcciones: existe un sinfín de trabajos sobre el diseño de encuestas escuetas que son fáciles de procesar; innumerables hipótesis de trabajo que se contrastan con sofisticados programas estadísticos; multitud de comparaciones entre variables ajustadas a curiosidades de investigadores (dificultad, carga de trabajo o ritmo temporal de las actividades); análisis exuberantes de casos de profesores mareados que sienten el aliento del investigador cuando éste da alas a estudios cualitativos; profusión de plantillas en línea grabadas en otro montón de plataformas para el rendimiento en el aprendizaje de materias de un sinnúmero de ciber-campus, y multitud de incomparables guías de desarrollo profesional docente para la mejora que no llega a los profesores más necesitados.

A esto se añade un fenómeno universitario que retroalimenta la controversia: de una parte, el incremento en la frecuencia de las valoraciones de los profesores universitarios por los estudiantes (algunos de periodicidad semestral), y de otra, la inflación en las notas de calificación de los estudiantes en las actas firmadas por los profesores. No resulta una hipótesis descabellada que la carga académica o la exigencia formal de trabajos de los estudiantes estén empañadas por las valoraciones de los profesores. En este juego recíproco, parece coexistir linealidad entre la reducción de la carga de aprendizaje del estudiante y una mejor valoración docente.

Hemos conseguido imponer el imperio de las valoraciones de los profesores universitarios desde hace algunos años en España, cuando se promulgó la ya extinta Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1984. ¿Por qué viene esta idea de la valoración docente a mi memoria? La respuesta es porque crece la responsabilidad de las autoridades sociales por el aseguramiento de la calidad académica en todos los países.

Las valoraciones de los profesores universitarios se desarrollan en muchos países con culturas sociopolíticas dispares y pese a ello con preocupaciones educativas comunes. Ahí están países como Alemania, Australia, China, Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Inglaterra, Jordania o Pakistán.

La memoria del rostro profesional y las valoraciones de los profesores universitarios

Los profesores universitarios conservan retratos académicos distintos, amén de rasgos desiguales de personalidad que se archivan en su memoria. Aquellos que acceden a los cuerpos universitarios pasan por un proceso de acreditación recogido en el RD 1312/2007, modificado por el RD 415/2015, que ha levantado mucha controversia.

Son profesores contratados (Ayudante Doctor, Contratado Doctor, y de Universidad Privada) o funcionarios de la Administración del Estado (Titular y Catedrático de Universidad), que conocen por sus desgarrados años profesionales cómo marcan las asperezas de la acreditación la identidad en el acceso al cuerpo, cómo sella de tristeza contagiosa la denegación de Proyectos I+D de los Planes Estatales de Investigación Científica, Técnica y de Innovación o cómo se estampan en los rostros expresiones trágicas por la desaprobación de sexenios de investigación que se mueven en flujos temporales dilatados para conquistar magros complementos económicos.

Y así se archivan en su documento registral, protocolo de Curriculum Vitae o portafolio autorretratos que crean su identidad en la memoria social y académica de la universidad. Las valoraciones de los profesores universitarios por las opiniones de los estudiantes generan una imagen anual económicamente recompensada cada quinquenio que ni desplaza ni logra desvanecer la primigenia imagen de investigación que se tiene de un profesor.

Sábese que los resultados esperados de las valoraciones de los profesores universitarios están encerrados en cuidadas y contraídas medidas, que aportan fiabilidad, y cuestionan la validez

La organización de las medidas de los resultados de las valoraciones de los profesores universitarios debería tener, además, de fiabilidad, una cultivada utilidad, integrada por ensueños educativos del siguiente tenor:

  • Satisfacción del alumnado.
  • Utilidad de la capacitación estudiantil.
  • Relevancia de la formación.
  • Competencia demostrada por el estudiante.
  • Cambios en la enseñanza presencial.
  • Cambios actitudinales del estudiante hacia el aprendizaje en línea.
  • Calificaciones de los estudiantes por materias.
  • Costes de la formación.
  • Promedio acumulado de la calificación estudiantil.

Algunas instituciones mezclan prioritariamente los tres primeros resultados enunciados que posteriormente se cubren con el polvillo de los informes anuales en las inauguraciones de los cursos académicos.

Las medidas institucionales propuestas democráticamente por las instituciones universitarias impiden a los profesores penetrar en la validez de las mismas y tender sus alas a las supuestas verdades científicas que encierran.

Las medidas habitualmente están construidas para encuestas de papel y lápiz o para escalas en línea. Omiten, sin embargo, procedimientos que podrían retratar el desarrollo profesional docente usando entrevistas individuales con otros profesores o grupos de enfoque con estudiantes.

Multifuentes para la valoración de los profesores universitarios.

Cada día las universidades y las agencias de evaluación atribuyen menos valor a la inteligencia contenida en una encuesta de valoración de los profesores universitarios. Cada día se dan más cuenta que solo desde ella se rutinizan los procesos conducentes a cosa alguna que signifique cambio, es decir, que alcance la mejora personal y el florecimiento profesional.

Existe, por el contrario, una percepción institucional difundida de que el método multifuente retrata mejor al profesor, una tecnología que integra las valoraciones de los estudiantes, las autorreflexiones del profesor en un ejercicio de autovaloración de su filosofía de enseñanza y una revisión externa por otros mentores con una orientación formativa.

Esta triangulación tecnológica de evaluación docente hallaría asilo en la plenitud científica. De esta manera, las valoraciones de los profesores universitarios no estarían cautivas del artificio de un único instrumento, estereotipado, pasado a los estudiantes; no estarían confinadas para siempre a mantener la apariencia de encuestas que desdibujan por su escasa validez la identidad de un profesor universitario.

Lumivian & LMVA

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