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Luis Miguel Villar Angulo

Verdad, conocimiento, y libertad académica, por David Moshman

David-Moshman

David Moshman

Verdad, conocimiento, y libertad académica,  por David Moshman.

Microagresiones. Advertencias provocadorasEspacios seguros. Estas son algunas de las últimas entradas en el léxico cada vez mayor de la censura del campus. Parece que hay una nueva crisis de libertad de expresión en el campus, y parece que se debe en gran parte a las demandas de una nueva generación de estudiantes para que estos se sientan protegidos de ideas ofensivas, provocaciones emotivas y sentimientos intelectualmente inseguros.

Pero esto no es así de rápido. Dos nuevos libros de la editorial académica Palgrave Macmillan amplían el marco temporal y echan la culpa de los estudiantes al profesorado. Uno de ellos, Unsafe Space: The Crisis of Free Speech on Campus, es una colección de capítulos cortos, legibles. El otro, Academic Freedom in an Age of Conformity: Confronting the Fear of Knowledge, es un análisis sistemático en un libro extenso de Joanna Williams.

La tesis central del libro de Williams y de varios capítulos de Unsafe Space es que lo que vemos hoy en el campus es el resultado del cambio de las concepciones del conocimiento y de la verdad en el profesorado universitario en el último medio siglo y de la correspondiente disminución de respeto por la libertad académica. El problema no es reciente, argumentan de manera convincente, y en su mayoría no lo es por culpa de los estudiantes.

En las universidades tradicionales, el conocimiento era verdad, una simple cuestión de objetividad. Históricamente, era sobre todo la sabiduría recibida de la tradición religiosa, cultural y filosófica. A finales del siglo XIX, sin embargo, y en la mitad del siglo XX, el conocimiento se entiende como la acumulación de resultados de investigación en las disciplinas científicas y otras que utilizan métodos afines para exponer la verdad.

La libertad académica es bajo esta concepción la libertad de los profesores para buscar la verdad utilizando métodos rigurosos de sus disciplinas profesionales, su libertad para profesar sus verdades obtenidas con esfuerzo y sin miedo a la sanción, y el libre acceso de los estudiantes a lo que los profesores tienen que enseñar. Institucionalmente, la libertad universitaria es un lugar especial guiado por un compromiso con la verdad.

Desde la década de 1960, sin embargo, la concepción objetivista del conocimiento como verdad ha sido reemplazada cada vez más por una concepción subjetivista del conocimiento en la que cada uno tenemos nuestras propias verdades. Las opiniones de los estudiantes, en una concepción radicalmente subjetivista del conocimiento, son igualmente dignas, y no menos dignas que las de sus profesores.

El subjetivismo radical lleva a una concepción superficial de la libertad académica en la que, a falta de una base objetiva para comparar o retar ideas, nos limitamos a apoyar la libertad de todos a expresarse. En ausencia de cualquier base para la crítica, por otra parte, la crítica seria de las opiniones de los demás es una falta de respeto. Así que tal vez la libertad académica sólo nos protege siempre y cuando no ofendamos a otros, especialmente a otros cuyas voces hayan sido tradicionalmente silenciadas.

La concepción subjetivista del conocimiento representa un avance importante sobre los supuestos objetivistas simplistas de que los profesores enseñan y descubren la verdad. El conocimiento es siempre subjetivo en el sentido de que refleja, en parte, el punto de vista del conocedor. Los profesores, al igual que todas las personas, conocen el mundo desde su propia perspectiva.

Pero incluso si el conocimiento es inherentemente subjetivo, es simultáneamente objetivo. En la concepción racionalista del conocimiento que tanto motivan esos dos libros, progresamos hacia creencias más justificadas, incluso si la última verdad está siempre fuera de nuestro alcance. Los investigadores, profesores y estudiantes son agentes autónomos, intercambian y critican libremente ideas en un proceso racional que mejora y aumenta nuestro conocimiento. La verdad puede ser inalcanzable, pero sigue siendo la meta ideal.

La libertad académica en esta concepción racionalista es la libertad intelectual para participar plenamente en el trabajo académico con los demás. No hay ninguna expectativa de alcanzar verdades incontestables. Sin embargo, el conocimiento y la comprensión pueden avanzar a través de procesos racionales de examen, reflexión y diálogo. Estos procesos requieren un ambiente académico que respete plenamente las libertades de investigación, enseñanza y aprendizaje.

Gran parte de la controversia en el campus hoy en día gira en torno a cuestiones de respeto a los demás. El respeto a los demás es crucial, como estos dos libros dejan claro, pero tal respeto no es suficiente. En el contexto académico, lo que más importa es el respeto a la verdad. Pero no hay un árbitro final de la verdad. En su lugar lo buscamos a través de procesos intelectuales y sociales que requieren respeto de libertad intelectual.

Vale la pena añadir que el respeto a la libertad intelectual, incluso cuando está motivada por una preocupación por la verdad, nos reconduce al respeto del otro. El pleno respeto a los demás incluye respeto a su libertad de expresión, incluso cuando no nos gusta lo que están diciendo.

Truth, Knowledge, and Academic Freedom

Microaggressions. Trigger warnings. Safe spaces. These are among the latest entries in the ever-expanding lexicon of campus censorship. There appears to be a new free speech crisis on campus, and it seems largely due to demands from a new generation of students to be protected from offensive ideas, emotional triggers, and feelings of being intellectually unsafe.

But not so fast. Two new books from the academic publisher palgrave macmillan expand the time frame and shift the blame from students to faculty. One of these, Unsafe Space: The Crisis of Free Speech on Campus, is a collection of short, readable chapters. The other, Academic Freedom in an Age of Conformity: Confronting the Fear of Knowledge, is a systematic book-length analysis by Joanna Williams.

A central thesis of Williams’ book and of several chapters in Unsafe Space is that what we see on campus today is the result of changing conceptions of knowledge and truth among university faculty over the past half-century and a corresponding decline in respect for academic freedom. The problem is not recent, she argues convincingly, and is mostly not the fault of students.

In traditional universities, knowledge was truth, a simple matter of objectivity. Historically this was mostly the received wisdom of religious, cultural, and philosophical tradition. By the late 19th century, however, and through the middle of the 20th, knowledge was taken to be the accumulating results of research in scientific and other disciplines using methods that were deemed to expose the httru.

Academic freedom in this conception is the freedom of professors to seek the truth using the rigorous methods of their professional disciplines, their freedom to profess their hard-won truths without fear of penalty, and the free access of students to what professors have to teach. Institutionally, it is the freedom of the university to be a special place guided by a commitment to truth.

Since the 1960s, however, the objectivist conception of knowledge as truth has increasingly been replaced by a subjectivist conception of knowledge in which we each have our own truths. The views of students, in a radically subjectivist conception of knowledge, are all equally worthy, and no less worthy than those of their professors.

Radical subjectivism leads to a shallow conception of academic freedom in which, lacking an objective basis for comparing or challenging ideas, we simply support the freedom of all to express themselves. In the absence of any basis for critique, moreover, serious criticism of the views of others shows a lack of respect. So perhaps academic freedom only protects us as long as we don’t offend others, especially others whose voices have traditionally been silenced.

The subjectivist conception of knowledge represents an important advance over simplistic objectivist assumptions that professors discover and teach the truth. Knowledge is always subjective in the sense that it reflects, in part, the viewpoint of the knower. Professors, like all people, know the world from their own perspective.

But even if knowledge is inherently subjective, it is simultaneously objective. In the rationalist conception of knowledge that motivates both of these books, we make progress toward increasingly justified beliefs even if final truth lies always beyond our grasp. Researchers, teachers, and students are autonomous agents, freely exchanging and criticizing ideas in a rational process that enhances and advances our knowledge. Truth may be unattainable but it remains the guiding ideal.

Academic freedom in this rationalist conception is the intellectual freedom to fully engage in academic work with others. There is no expectation of reaching uncontestable truths. Nevertheless, knowledge and understanding make progress through rational processes of examination, reflection, and dialogue. These processes require an academic environment that fully respects freedoms of inquiry, teaching, and learning.

Much campus controversy today revolves around issues of respect for others. Respect for others is crucial but, as both these books make clear, such respect is not enough. In the academic context, what matters most is respect for truth. But there is no final arbiter of truth. Instead we seek it through intellectual and social processes that require respect for intellectual freedom.

It’s worth adding that respect for intellectual freedom, even when motivated by a concern for truth, brings us right back to respect for others. Full respect for others includes respect for their freedom of expression, even when we don’t like what they’re saying.

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Luis Miguel Villar Angulo